El aroma de los bits De los bits a los modernos qBits
Aug 28

Poco se ha escrito sobre la ética en Internet y esto no sólo se refiere al hecho de crear, definir y ofrecer ciertos horizontes de servicios en la Web con una dirección moral hacia los navegantes. La historia misma de la tecnología ha ido de la mano con este tema, de donde se desprende un término igualmente complicado y difícil de comprender; me refiero -desde luego- a la palabra “hacker”.

La etimología hacker debió nacer en los laboratorios Bell Telephone, cuando un operador de telefonía daba un golpe seco y contundente (“hack” o hachazo) al aparato de teléfono y conseguía que funcionara. Con estos antecedentes se podría pensar que un hacker es una persona técnica con grandes y amplios conocimientos, aunque hay quienes consideran que se trata solamente de personas apasionadas y expertas de la informática, de las computadoras y de los lenguajes de programación, que presentan sustancialmente una pasión por el conocimiento y la auto-evaluación para aprender de manera rápida y autodidacta, teniendo como cimiento la satisfacción personal.

Los hackers son -en cierto sentido- unos entusiastas de la informática que han podido desafiar los limites teóricos. Existe un texto clásico conocido como Jardon File, escrito por Eric S. Raymond, uno de los pioneros emblemáticos de la comunidad hacker, quien los define como: “Personas entusiastas y obsesionadas que disfrutan la investigación de sistemas operativos y lenguajes de programación (Phyton, Perl, C, Lisp), buscando siempre retos intelectuales que resuelven de forma autodidacta, creativa y lúdica”.

Por otra parte y como un ejemplo reciente sobre el tema de la ética, un ciudadano norteamericano llamado Stefan Puffer, de 34 años de edad, detectó en marzo del 2002 una red wireless desprotegida en un departamento de justicia de aquel país; días después de encontrar el hueco se reunió con un periodista y un oficial de policía para demostrarles lo fácil que era acceder a la red inalámbrica de dicho organismo simplemente usando una computadora portátil y una tarjeta wireless.

Esta demostración fue suficiente para dejarlo en una situación embarazosa ante la justicia, valiéndole la acusación de dos cargos: uno “por acceso no autorizado a un sistema informático protegido” y otro “por acceso no autorizado a una computadora de la administración de justicia”. Afortunadamente para Stefan, el jurado vio rápidamente que el juicio era contra un “hacker ético” que sólo trataba de denunciar la falta de seguridad del juzgado. Por ese motivo sólo se necesitó de 15 minutos para declararlo inocente, entendiendo que su actuación no fue para causar ningún daño de manera intencional.

De esta forma es como el movimiento hacker -en su sentido original- tiene un importante estigma social provocado por los crackers que violan sistemas, generan y distribuyen virus altamente destructivos, roban información, “tiran” servidores y realizan todo tipo de actos ilícitos.

La mayoría de las personas y particularmente los medios de comunicación no saben distinguir entre los hackers y crackers, englobando ambas figuras y acciones en el mismo paquete, cuando deberían deslindarse. Así también, no puede olvidarse el protagonismo histórico del ideario hacker en el nacimiento y desarrollo de las nuevas tecnologías y sus importantes aportaciones sociales, como son el código abierto del fenómeno Linux creado por Linus Torvalds.

Richard Stallman, a quien se le conoce como fundador de GNU (GNU’s Not Unix), mencionó en 1984: “No quiero seguir usando computadoras con deshonor; he decidido crear un cuerpo suficiente de programas para no tener que volver a usar nunca un software que no sea libre”.

Esta frase, entre otras propuestas de quienes están a favor de la libertad de expresión y en contra de las patentes o de las leyes restrictivas serían muy distintas sin un “hacktivismo” como el que vivimos, y seguramente nuestro actual entorno informático también sería diferente.

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