
Llego a mi departamento después de estar ocho días en Cuba y lo primero que enciendo es mi computadora para checar mis buzones de correo electrónico, acudo a la televisión y acto seguido me acuesto -control remoto en mano- para dar un paseo por toditos los canales. Caray, Televisa sigue haciendo negocio con sus mentados concursitos y ahora le toco a los gorditos.

Que bueno que andaba de viaje si no, andaría ahi presumiendo o causando dolor ajeno con mi sobrepeso. ![]()
Regresando a mi viaje, creo que el bronceado es lo de menos, la enseñanza que me traje de Cuba sumado a la experiencia maravillosa de insertarme con familias cubanas que gentilmente me hospedaron, me alimentaron y mostraron lo fraternal que pueden ser, aun con las grandes diferencias culturales y sociales.

Desde aquí -y aunque no tengan acceso a Internet- mi más sincero agradecimiento por su hospitalidad.

Gracias desde aquí al centurión cubano llamado Máximo, por ayudarme en mi insistencia de conseguir en plena Habana Vieja el gran libro bautizado como Cien Horas con Fidel, conversaciones con Ignacio Ramonet.

Muchas pero muchas gracias a este gran señor, por esas largas horas de plática en el balcón y que sin querer me estampó en la cara la historia cubana y su constante revolución. Y como dijo el Ché: le saludo y le abrazo con fervor revolucionario.
Nos seguimos leyendo.




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